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JESÚS, CREADOR DE UN MOVIMIENTO PROFÉTICO

 

JESÚS, CREADOR DE UN MOVIMIENTO PROFÉTICO DE SEGUIDORES AL SERVICIO DEL REINO DE DIOS

Entiendo mi intervención, no como una exposición sistemática del contenido objetivo del reino de Dios, sino como un acercamiento a la dinámica profética que vive Jesús al asumir el proyecto del reino como centro de su predicación y de su acción. Haciendo memoria de Jesús, Profeta del reino de Dios, estaremos mejor dispuestos a escuchar su llamada a recuperar su causa.

  1. 1.  Jesús, enraizado en la tradición profética de Israel

Jesús no es un sacerdote del templo: no pertenece a ningún linaje sacerdotal. Nadie lo confunde con un maestro de la ley, dedicado a explicar la Torá. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos y sus palabras la actuación de un gran profeta que los impacta: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros»[1]. Su autoridad no es como la de los letrados; no viene de la institución; no se basa en las tradiciones. «Este enseñar con autoridad es nuevo»[2]. Nace de la fuerza del Espíritu de Dios, que desciende sobre él en el Jordán para impulsar su actividad curadora e inspirar sus palabras de fuego. Así resumen su vida los discípulos de Emaus: «fue un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante todo el pueblo»[3].

La historia de Israel es impensable sin la intervención de los profetas. Su presencia se debe a la acción de Dios, empeñado en guiar a su pueblo con su Espíritu, cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben conducirlo por los caminos de la Alianza. Los profetas no forman parte de la estructura política de Israel, tampoco de la institución religiosa. No son nombrados por ninguna autoridad. A diferencia de los reyes o de los sacerdotes, no son ordenados ni ungidos por nadie. Su autoridad proviene de su experiencia de Dios. El profeta es «nabi», es decir, un hombre «llamado» por Dios para decir al pueblo cómo se ven las cosas desde su corazón Lee el resto de esta entrada »

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Volver al Espíritu Evangelizador de Jesús de Nazaret

 

VOLVER AL ESPÍRITU EVANGELIZADOR DE JESÚS

El objetivo de esta exposición es proponer algunas reflexiones y sugerencias para recuperar y reavivar el Espíritu de Jesús en el acto evangelizador. Son tiempos en los que hemos de aprender a evangelizar como testigos de Jesús, el Cristo, animados por su Espíritu y su proyecto del reino de Dios.

1.   Jesús, el Cristo, punto de partida de la evangelización

–        La experiencia originaria

El punto de partida que ha desencadenado la evangelización ha sido el encuentro sorprendente y transformador que han vivido unos hombres y mujeres con Jesús, el Cristo. Todo comienza cuando un grupo de discípulos y discípulas se ponen en contacto con Jesús y experimentan en él algo que podemos resumir así: «la cercanía salvadora de Dios». Sin este encuentro todo hubiera seguido como antes. Ha sido la experiencia de ese contacto personal con Jesucristo lo que ha transformado la vida de estos discípulos dando una orientación y un sentido nuevos a su existencia. En pocas palabras, podemos decir que, en contacto con Jesús, captan y experimentan a Dios como un Padre, amigo de la vida y del ser humano; descubren que el proyecto de ese Dios es construir una vida más humana, más digna y más dichosa para todos; y, contagiados por su entrega apasionante al servicio de Dios y de su proyecto, responden a la llamada de Jesús, entusiasmados por poder elaborar en esa tarea de introducir y hacer presente en la historia de los hombres esa experiencia nueva de Dios, una experiencia transformadora, humanizadora, liberadora que Jesús llamaba «el reino de Dios».

Nosotros, cristianos del siglo XXI, no hemos de olvidar que evangelizar no es, en primer lugar ni primordialmente, transmitir una doctrina, exigir una moral o urgir una práctica ritual. Es mucho más. Es actualizar la primera experiencia iniciada por Jesús y seguir sus pasos colaborando con él en esta doble tarea: comunicar, contagiar, introducir en el mundo de hoy la Buena Noticia de un Dios amigo del ser humano; y promover el proyecto de ese Dios abriendo caminos a una sociedad más justa, más humana, más sana, más digna del ser humano[1].

–        Necesidad de testigos

La historia de la evangelización es, por tanto, la historia de una experiencia que se transmite y se contagia de unas generaciones a otras. ¿Cuál es nuestro problema? Si no se produce la renovación continua de esa experiencia, se introduce en el cristianismo una ruptura trágica. Los teólogos siguen desarrollando doctrina; los predicadores y catequistas siguen exponiendo los contenidos de la fe; los pastores se preocupan de recordar y urgir la moral; en las comunidades se «administran» los sacramentos y se cuida la observancia de la práctica cultual. Pero, si queda interrumpida la comunicación de la primera experiencia, sí falta la experiencia de Dios como una Buena Noticia, si no se vive y se trabaja por el proyecto del reino de Dios, si no hay contacto vivo y seguimiento a Jesús… falta lo esencial, lo decisivo, lo único que da vida a la fe cristiana[2].

Pero hay algo que no hemos de olvidar. Sin testigos no es posible transmitir la experiencia de Dios vivida con Jesucristo. Por eso, cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia, no les da la orden de transmitir una doctrina, no les encomienda el desarrollo de una organización religiosa, los llama a ser testigos de una experiencia nueva, de una vida transformada por su Espíritu. No los imagina como maestros, escribas, sacerdotes, liturgistas… Los ve como testigos: «Vosotros recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu venga sobre vosotros y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta en los confines de la tierra»[3].

2.   El cambio decisivo en nuestra actitud evangelizadora

–        Un modelo poco adecuado de evangelización

Todo esto nos obliga a revisar y purificar nuestro modo de entender y de vivir la acción evangelizadora. Condicionados por lo que nosotros mismos hemos conocido y vivido a lo largo de los años, corremos el riesgo de asumir sin mayor reflexión un modelo de acción evangelizadora que trata de abarcar muchos aspectos y dimensiones, pero que no siempre cuida la experiencia evangelizadora de Jesús y el testimonio inspirado por su Espíritu. Señalo cuatro aspectos:

  • Casi siempre pensamos que lo más importante para evangelizar es contar con personas valiosas y bien preparadas, capaces de llevar a cabo las diversas tareas con eficacia: personas dinámicas, activas, trabajadoras, capaces de potenciar la comunidad cristiana en sus diversos aspectos. De ahí la importancia de los procesos de formación, escuelas de teología, jornadas de capacitación pastoral… ¿Quién lo va a negar?
  • Pensamos también en la importancia de contar con medios eficaces que garanticen la transmisión adecuada del mensaje cristiano frente a otras ideologías, la implantación de la Iglesia, el desarrollo del trabajo pastoral en general. De ahí nuestros esfuerzos por contar con plataformas fuertes desde las que se pueda ejercer una influencia social grande: parroquias bien organizadas, unidades pastorales activas, centros escolares, publicaciones, medios de comunicación, materiales pedagógicos… ¿Cómo no vamos a preocuparnos de todo esto constatando nuestra precariedad actual?
  • Necesitamos, además, desarrollar y perfeccionar cada vez más las estructuras y la organización. De ahí la importancia de una planificación inteligente y eficaz, una estrategia bien pensada, unos objetivos prioritarios, unos cauces pastorales adecuados… ¿Cómo vamos a trabajar en la sociedad actual de manera descoordinada y dispersa, desde opciones individuales, sin aunar fuerzas y articular actividades?
  • Por otra parte, es muy importante el número de personas comprometidas. Siempre somos pocos. Siempre los mismos para todo. A veces, se diría que en el fondo, pensamos que todo iría mejor sólo con que tuviéramos el mayor número de personas posible, con la mejor preparación posible, que con la mejor organización y los mejores medios, llevará a cabo su trabajo pastoral con eficiencia. Pero, en realidad, ¿qué habríamos logrado con desarrollar con más personas y medios y de manera más eficaz y poderosa, lo que ya estamos haciendo ahora mismo de manera más deficiente y precaria? Es muy importante contar con un buen número de personas valiosas, necesitamos medios, organización, estructuras, formación más adecuada, pero hay preguntas que no podemos eludir: ¿estamos comunicando esa experiencia nueva y buena del Dios revelado en Jesús? ¿Estamos abriendo caminos al proyecto del reino de Dios en medio de nosotros? ¿Nuestras iglesias se están convirtiendo a Jesús? ¿Nos estamos haciendo discípulos suyos?

–        Hacia una evangelización más inspirada en Jesús

Evangelizar no es sino comunicar y hacer posible hoy la experiencia salvadora, transformadora, humanizadora, que se encierra en la persona de Jesucristo, en su mensaje y en su proyecto, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Este es el objetivo: introducir y hacer presente en la vida de las personas, en el tejido de la convivencia social, en la historia de los pueblos, esa experiencia salvadora del Dios encarnado en Jesús y esa fuerza transformadora de su proyecto del reino de Dios, capaz de hacernos avanzar hacia una vida más humana y dichosa para todos.

  • Es importante contar con personas valiosas y bien preparadas, pero lo decisivo son los testigos, es decir, creyentes en cuya vida se puede intuir y captar la fuerza salvadora, liberadora, humanizadora que se encierra en Jesús cuando es acogido con fe viva y con amor. Seremos muchos o pocos, jóvenes o mayores, lo que necesitamos entre nosotros son comunidades creyentes, comunidades de testigos, que comuniquen su experiencia de Jesucristo, que irradien la esperanza y el estilo de vida propios de los seguidores de Jesús, que vivan como «hombres y mujeres nuevos» comprometidos en hacer una sociedad nueva, más conforme con el deseo de Dios.
  • Es importante contar con medios eficaces, pero lo decisivo son los medios empleados por el mismo Jesús. Medios aparentemente pobres, pero insustituibles para introducir la Buena Noticia del Dios de Jesús en la vida de hoy: gestos, actitudes, estilo de vida, compromisos como los suyos: acogida cálida e incondicional a cada persona; defensa constante de la dignidad de toda persona; cercanía a las necesidades más vitales del ser humano; cobijo a los más olvidados y excluidos; liberación del sufrimiento y la soledad; acogida y ofrecimiento de perdón inmerecido a los culpables; creación de relaciones más sanas, más justas y fraternas; búsqueda de una sociedad sin dominación masculina; invitación a liberarnos del miedo para confiar en un Dios Amigo y Salvador. Se puede decir que evangelizar es ir creando comunidades y grupos creyentes en los que se pueda captar de alguna manera a Jesús, vivo en medio de nosotros.
  • Son necesarias sin duda las estructuras y la organización, pero sólo aquellas que sostienen y alientan el testimonio. El Evangelio sólo admite organización y estructuras evangélicas. Lo importante es contar con estructuras sencillas, sólo las necesarias, ligeras, educativas, fraternas, transparentes, alegres, que ayuden a vivir la experiencia del seguimiento a Jesús y que estén al servicio del testimonio y la entrega al proyecto del reino de Dios
  • Por último, lo decisivo no es el número sino la calidad de vida evangélica que puedan irradiar los creyentes y las comunidades cristianas. Lo importante no es lo cuantitativo. Lo decisivo no es «hacer cosas», «hacer mucho», «hacer algo», sino cuidar mejor el contenido evangélico de lo que hacemos, purificar nuestra identidad cristiana, cultivar la esperanza. En esto momentos, lo importante no es hacer a la vez y cuanto antes todo lo que programamos en nuestros planes pastorales. No es posible ni realista. En los próximos años vamos a constatar mucho más nuestra precariedad y la debilidad de nuestras fuerzas. Lo decisivo va a ser volver al Espíritu de Jesús.

3.   Evangelizar desde la experiencia de un Dios Padre

Según  Marcos, por los caminos de Galilea, Jesús «proclamaba la Buena Noticia de Dios» y venía a decir esto: «el reino de Dios está cerca, cambiad de manera de pensar y de actuar, y creed en esta Buena Noticia»[4].

–        Anunciar a Dios como Buena Noticia

¿Qué es lo que está sucediendo después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué lo que ofrecemos los cristianos ya no es Buena Noticia hoy? ¿Es sólo y exclusivamente problema de la evolución moderna de la sociedad actual? ¿O es también problema de que «la sal se ha desvirtuado» y ha perdido su sabor original, y de que «la luz ha quedado oculta» de muchas maneras y por muchas cosas ajenas al evangelio?[5] Hace unos años E. Schillebeeck hacia esta grave afirmación: «La razón primordial de que nuestras iglesias se vacíen parece residir en que los cristianos estamos perdiendo la capacidad de presentar el evangelio a los hombres de hoy con fidelidad creativa, junto con los aspectos críticos, como una buena nueva. A lo sumo lo hacemos verbalmente: hablando autoritariamente del evangelio y de la buena que debe aceptarse por respeto a la autoridad del Nuevo Testamento. ¿Y quién querrá escuchar lo que ya no se presenta como una noticia alentadora, especialmente si se anuncia en un tono autoritario invocando al evangelio?»[6].

En su sentido más hondo, «buena noticia» es algo que, en medio de las experiencias negativas y malas de la vida, y a pesar de las incertidumbres, conflictos y crisis de una época, trae a la vida de las personas y a la sociedad una esperanza nueva. «Buena noticia» es algo que toca lo más hondo de las personas; les aporta luz, sentido y horizonte nuevo a su existencia; genera dignidad, libertad y respiro; despierta comunión, amistad, convivencia más fraterna. La «buena nueva» hace nacer en el fondo de las personas gozo y agradecimiento.

¿Por qué el Dios que proclamaba Jesús resultaba «Buena Noticia» para la gente? Resumiendo mucho las cosas, podemos decir que: 1) lo que anuncia Jesús de Dios, lo que dice en sus parábolas, lo que comunica con sus palabras, a la gente le resulta algo bueno y nuevo; la gente lo entiende; aquello responde a lo que están esperando; es lo que necesitan escuchar: un Dios, Amigo bueno del ser humano; 2) la manera de ser de Jesús, su vida, su estilo de acercarse a las personas, su modo de vivir, de confiar, de amar es algo bueno para la gente: él mismo es «parábola viviente» de un Dios bueno. Es una suerte encontrarse con Jesús; 3) su manera de actuar, su modo de comprometerse ante las injusticias, ante el sufrimiento, ante la mentira, ante los miedos de las personas, ante el peso del pecado… introduce algo bueno en la vida de las personas; trae paz, liberación, verdad, perdón; trae la «salvación» de Dios. Ésta es la clave que no hemos de olvidar tampoco hoy si queremos evangelizar inspirándonos en Jesús: lo que Jesús predica, lo que Jesús vive y lo que Jesús hace es siempre algo bueno, Buena Noticia de Dios para el ser humano.

–        Tres rasgos básicos de la Buena Noticia de Dios

Para ahondar un poco más en el acto evangelizador de Jesús, voy a señalar tres rasgos básicos: Dios es bueno. Jesús vive seducido por la bondad de Dios. Capta y comunica el misterio de Dios como un misterio de bondad. No necesita apoyarse en ninguna autoridad, en ningún texto de las escrituras sagradas. Para él, la bondad de Dios es un dato primordial, una experiencia indiscutible. «Sólo Dios es bueno»[7]. Dios es una Presencia buena que bendice la vida de sus hijos e hijas. La realidad insondable de Dios, lo que a nosotros se nos escapa, lo que no podemos pensar ni imaginar de su misterio, Jesús lo capta y lo transmite como bondad y compasión. Lo que define a Dios no es su poder, como entre las divinidades paganas del imperio; tampoco la sabiduría. Dios es bueno y nos quiere bien. Esto es lo primero y casi lo único que necesitamos saber de Dios. Ésta es la primera palabra del evangelizador que se inspira en Jesús. Esto es lo que necesita escuchar, antes que nada, el hombre y la mujer de hoy. Dios es bueno con todos. Dios sólo quiere nuestro bien.

Este Padre bueno es un Dios cercano. Su bondad acompaña de cerca a sus hijos e hijas. Jesús vive y comunica esta cercanía de Dios con asombrosa sencillez y espontaneidad. En nombre de ese Dios va sembrando gestos de su bondad: bendice a los niños y niñas de la calle, cura a los enfermos, acaricia la piel de los leprosos, acoge a los pecadores y les ofrece gratis el perdón de Dios. Todo esto puede parecer pequeño e insignificante, puede pasar desapercibido. Así es la bondad de Dios: ahora está bajo la realidad compleja de la vida, pero un día acabará triunfando sobre el mal. Hoy todo está entremezclado, todo está en camino, todo está inacabado. Esta bondad de Dios sólo se revela hoy donde sus hijos e hijas la acogen y la comunican, pero un día se manifestará en toda su plenitud. Esto es evangelizar: hacer visible, sensible, reconocible, la bondad de Dios en pequeños gestos. Para Jesús, todo esto no es teoría. Dios es cercano y accesible a todos. Cualquiera puede tener con él una relación directa e inmediata desde lo secreto de su corazón. Él habla a cada uno sin pronunciar palabras humanas. Él atrae a todos hacia lo bueno. Según Jesús, son los más pequeños los que mejor descubren su misterio. No son necesarias muchas mediaciones rituales ni liturgias complicadas como las de Jerusalén, para encontrarse con él. Dios no está atado a ningún templo ni lugar sagrado. No es propiedad de los sacerdotes de Jerusalén ni de los maestros de la ley. Desde cualquier lugar es posible levantar los ojos al Padre del cielo. Jesús invita a todos a vivir confiando en el misterio de un Dios bueno y cercano: «Cuando oréis, decid: ¡Padre![8] Este Espíritu de Jesús nos tiene que enseñar a inventar gestos y a poner signos en la vida de las personas, para hacer creíble la cercanía de Dios. Nos tiene que animar a crear comunidades sencillas, fraternas, acogedoras, donde pueda crecer la confianza en un Dios bueno y cercano.

Este Dios bueno y cercano es de todos. Busca a sus hijos e hijas allí donde se encuentran, aunque estén lejos de la Alianza y vivan de espaldas a su amor[9]. Nadie es insignificante para él. A nadie da por perdido. Nadie vive olvidado por este Dios. Ese Dios grande y bueno no cabe en ninguna religión pues habita en todo corazón humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. Dios no deja sólo a nadie. Tiene caminos para encontrarse con cada uno y cada una, sin que esos caminos pasen necesariamente por la religión. «Él hace  salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos»[10]. El sol y la lluvia son de todos. No tienen dueño. Dios los ofrece como un regalo, rompiendo nuestra tendencia moralista a discriminar a quienes nos parecen malos. Dios no es propiedad de los buenos. Su amor está abierto también a los malos. Dios comprende, ama y perdona a quienes no pueden estar a la altura de las exigencias morales que les ponemos desde las religiones. Dios es Dios. Una sorpresa de bondad que desborda todos nuestros esquemas. Son muchos los que hoy necesitan oír hablar de este Dios. Están, sin saberlo, esperando la Buena Noticia del Dios de Jesús.

4.   Colaborar en el proyecto del reino de Dios, animados por el Espíritu de Jesús

Cuando Jesús habla de este Dios bueno, cercano, abierto a todos, está hablando del mismo Dios en el que creen todos en Israel: el Dios Creador de los cielos y la tierra, el liberador de su querido pueblo. ¿Por qué no se alegran con la Buena Noticia de Dios que anuncia Jesús? ¿De dónde va a surgir el conflicto?

–        No separar a Dios de su proyecto del reino

Los dirigentes religiosos del templo y los maestros de la ley asocian a Dios con la religión: con el cumplimiento del sábado, el culto del templo, la observancia de las normas de pureza ritual… Jesús, por el contrario, asocia a Dios con la vida: lo primero y más importante para Dios es que sus hijos e hijas gocen de una vida digna y justa. Lo más importante es la vida de las personas, no la religión. Los sectores más religiosos de Israel se sienten urgidos por Dios a cuidar la religión del templo y la observancia de la ley. Jesús, por el contrario, se siente enviado por Dios a promover su justicia y su misericordia.

Según Lucas, en la sinagoga de Nazaret, aplicándose a sí mismo unas palabras de Isaías,  Jesús da a conocer su programa evangelizador; «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor»[11]. A Jesús el Espíritu de ese Dios bueno, cercano y abierto a todos, lo impulsa a introducir en el mundo la «Buena Noticia» para los pobres, «liberación» para los cautivos, «luz» para los ciegos, «libertad» a los oprimidos, «gracia» a los desgraciados.

Estamos aquí ante un punto clave y decisivo. El centro del acto evangelizador de Jesús no lo ocupa la religión sino el «reino de Dios», su proyecto de promover una vida más liberada, más justa, más digna, sana y dichosa. Jesús no separa nunca a Dios de su reino. No puede pensar en Dios sin pensar en su proyecto de transformar el mundo. Jesús no invita a la gente a buscar a Dios simplemente, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia»[12]. No llama a «convertirse» a Dios como hacían los profetas, sino que pide a todos «entrar» en el reino de Dios. Y cuando confía su misión a sus discípulos, siempre los envía a «anunciar el reino de Dios», es decir, el proyecto de Dios de transformar el mundo; y a «curar enfermos», es decir, a sanar la vida[13].

Evangelizar según el Espíritu de Jesús exige no separar nunca a Dios de la vida, a la religión de la justicia, a la liturgia de la acción liberadora. Vamos a señalar algunas líneas de fuerza:

–        Centrar la evangelización en Dios como fuerza de transformación

Jesús le vive a Dios como una poderosa fuerza transformadora, como un Dios de cambio. Su presencia es siempre provocativa, estimulante, interpeladora. Dios atrae hacia la conversión. No es una fuerza conservadora sino una llamada al cambio: «El reino de Dios está cerca; cambiad…»[14]. Este es el secreto y el motor de la acción evangelizadora. Cuando se le acoge a Dios, ya no es posible permanecer pasivos. Dios tiene un gran proyecto: hay que construir una tierra nueva, tal como la quiere él. Hemos de trabajar por una vida más humana. A los que lloran, Dios los quiere ver riendo y a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Evangelizar como Jesús es vivir cambiando la vida, haciéndola mejor y más humana. Ésta es la tarea apasionante de una Iglesia evangelizadora.

–        Evangelizar defendiendo y curando la vida

Toda la actividad evangelizadora de Jesús está orientada a curar, liberar, potenciar y mejorar la vida, empezando por aquellos para los que la vida no es vida. No estamos aquí ante algo accidental y secundario, sino ante la orientación básica y fundamental de su actuación. De ahí este resumen admirable de su misión que el cuarto evangelio pone en boca de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»[15]. Anuncia la salvación eterna poniendo salud en esta vida. Revela a Dios Salvador, poniendo en marcha un proceso de sanación de las personas y de la sociedad entera en esta tierra.

El sufrimiento, la enfermedad, la desgracia no son expresión de la voluntad de Dios. No son castigos, pruebas o purificaciones que Dios va enviando a sus hijos e hijas. Es impensable encontrar en Jesús un lenguaje de esta naturaleza. Cuando se acerca a los enfermos no es para ofrecerles una visión piadosa de su desgracia, sino para contagiarles su fe, aliviar su dolor y lograr en la medida de lo posible su curación. Esos cuerpos curados, esas mentes liberadas, esos corazones pacificados contienen un mensaje para todos, que Jesús desvela con estas palabras: «Si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que está llegando a vosotros el reino de Dios»[16].

No hemos de pensar sólo en las curaciones de los individuos. Toda la actuación de Jesús trata de encaminar a la sociedad hacia una vida más saludable. Su denuncia de tantos comportamiento patológicos de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, vacío de amor); sus esfuerzos por romper barreras y crear una convivencia más justa, fraterna y solidaria; su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad y la división interior; su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad; su empeño en liberar a todos del miedo para aprender a vivir del perdón y de la confianza absoluta en Dios… son otros tantos rasgos de su evangelización curadora.

Éste fue el recuerdo que quedó de Jesús: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder, pasó la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él»[17]. Así vivió el primer Evangelizador: «haciendo el bien» y «curando» a los oprimidos, deprimidos o reprimidos. Me parece de suma importancia rescatar del olvido la dimensión curadora del acto evangelizador y recuperar la fuerza sanadora que puede tener la experiencia cristiana vivida en una comunidad en la que se cuida el Espíritu de Jesús. Puede ser para muchos hombres y mujeres de hoy un apoyo decisivo para vivir de manera más sana en medio de una sociedad donde tantos viven enfermos de falta de amor, de soledad y de incomunicación, de agresividad y violencia, de incertidumbre y desesperanza[18].

–        Introducir la compasión en el centro de las comunidades de Jesús

Jesús le vive a Dios como compasión. Dios es entrañable, «se le conmueven las entrañas». La compasión es el modo de ser de Dios, su primera reacción ante sus hijos e hijas, lo primero le que brota hacia nosotros. Por eso, la compasión no es, para Jesús, una virtud más sino la única manera de parecernos a Dios. La única forma de mirar el mundo, de tratar a las personas y de reaccionar ante los acontecimientos de manera parecida a la de Dios.

Por eso, Jesús, hace tantos gestos de bendición, de acogida, de defensa, de gracia y de perdón. La compasión es lo que configura todo su estilo de evangelizar. Envuelve con su gesto protector de imposición de manos a los enfermos que no pueden recibir la bendición de los sacerdotes del templo, toca con sus manos a los leprosos que nadie toca pues están excluidos de la convivencia, abraza y estrecha contra su pecho a los niños, los más pequeños e indefensos en aquella sociedad, defiende a las mujeres aunque estén afectadas de enfermedades de impureza o hayan sido atrapadas en adulterio, se sienta a comer y beber con gente indeseable, delincuentes, prostitutas. Con sus gestos, su sensibilidad, su acogida, quiere revelar a todos la compasión de Dios.

Al mismo tiempo, invita a sus seguidores a introducir la compasión de Dios como principio de actuación. En el pueblo judío se aceptaba como punto de partida para ser fieles a Dios este principio: «Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios soy santo»[19]: el pueblo ha de imitar al Dios Santo del Templo que odia a los paganos y ama al pueblo elegido, maldice a los pecadores y bendice a los justos, mantiene lejos de sí a los impuros y acoge a los puros. En medio de esta sociedad, Jesús introduce un principio alternativo que lo transforma todo: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo»[20]. Dios es santo y grande, no porque rechaza y excluye a los paganos, pecadores o impuros, sino porque ama sin excluir a nadie de su compasión.

Sólo la compasión hará hoy a la Iglesia de Jesús más humana, más creíble, más fiel a su Espíritu. La acción evangelizadora nos ha de movilizar a todos para ir pasando de una Iglesia grande, segura, autoritaria, situada por encima de todos… a una Iglesia que camina humildemente con los hombres y mujeres de hoy, una Iglesia vulnerable y pecadora ella misma, que sufre, que está en crisis, y que por eso entiende los sufrimientos, las incertidumbres y los errores de los demás, y sabe acompañar con compasión y con esperanza a la Humanidad hacia el cumplimiento del reino de Dios.

–        Un estilo evangelizador para nuestros días: acoger, escuchar y acompañar

El Espíritu de Dios conduce a Jesús a acoger a los excluidos, los que son marginados y discriminados por la sociedad, los que son olvidados por la religión. No puede ser de otra manera. Su experiencia de Dios es la de un Padre que tiene en su corazón un proyecto integrador: una sociedad donde no haya privilegiados que desprecian a indeseables, santos que condenan a pecadores, poderosos que abusan de débiles, varones que someten a mujeres, ricos que viven de los pobres, Dios no bendice la exclusión ni la discriminación, sino la igualdad, la comunión, la amistad solidaria. Dios no separa ni excomulga. Dios une, acoge, abraza.

Por eso, Jesús vive un estilo evangelizador marcado por la acogida al diferente, al excluido, al olvidado. Acoge a mujeres, toca a leprosos, se acerca a impuros, promueve una «mesa abierta» a pecadores y gentes de mala fama. Con su estilo de vida, Jesús crea comunión, no separación, genera igualdad, no discriminación; apertura, no exclusión. Es un error pretender crear en torno a Jesús la comunión querida por Dios, excomulgando a los que nosotros consideramos indignos.

A Jesús, que lo vive todo desde la compasión de Dios, le nacen desde dentro gritos y consignas que lo revolucionan todo: «los últimos serán los primeros…»[21]; los publicanos y las prostitutas llegan al reino de Dios antes que los dirigentes religiosos[22]; los pequeños conocen mejor el misterio del Padre del cielo que los sabios y entendidos[23]. Por eso, Jesús desenmascara los mecanismos que generan discriminación y exclusión religiosa; no cultiva los miedos al Dios del templo sino que libera de ellos; hace crecer la libertad de las personas, no las servidumbres religiosas; atrae hacia el amor de Dios, no hacía las normas; despierta la compasión, no el resentimiento; invita al servicio no a la imposición autoritaria.

Éste es el espíritu evangelizador de Jesús. Aunque no podamos introducir grandes logros de carácter organizativo y de funcionamiento en nuestras comunidades, si aprendemos de Jesús a acoger, escuchar y acompañar a los olvidados por la religión o discriminados por la sociedad, todo será diferente entre nosotros. En los próximos años disminuirá cada vez más el número de los cristianos y, sobre todo, su peso social. Como decía K. Rahner, seremos una «pequeña grey», cada vez más pequeña. Pero, precisamente entonces habrá que combatir con fuerza la tentación de convertirnos en «ghetto» y de actuar de forma sectaria pensando sólo en sobrevivir. La Iglesia, si es de Jesús, siempre habrá de ser una «Iglesia de puertas abiertas», donde encuentren acogida todos los que necesitan amor, amistad, acogida cálida, paz, fe, aliento para vivir y esperanza para morir[24].


[1] Esto no significa descalificar ni minusvalorar nada. El desarrollo doctrinal es necesario e indispensable pero sólo para formular, articular y ahondar conceptualmente en la experiencia cristiana del seguimiento a Jesucristo. La moral ha de ser explicitada y desarrollada pero sólo para ayudar a vivir con el Espíritu de Cristo. La liturgia ha de ser celebrada sabiendo que sólo alcanza su verdad plena cuando es actualización individual y comunitaria del encuentro vivo con el Señor.

[2] E. Schillebeeckx, Esperienza humana e fede in Gesu Cristo, 21

[3] Hechos de los apóstoles 1, 8

[4] Marcos 1, 16

[5] Ver Mateo 5, 13-16

[6] E. Schillebeeckx, Jesús, la historia de un viviente, Madrid, Ed. Cristiandad, 1981, 103

[7] Marcos 10, 18

[8] Lucas 11, 2

[9] Recordar las parábolas del pastor bueno que busca la oveja perdida (Lucas 15, 4-6) o la de la mujer que busca la moneda perdida (Lucas 15, 8-9).

[10] Mateo 5, 45

[11] Lucas 4, 16-22

[12] Mateo 6, 33

[13] Lucas 9, 2; Mateo 10, 7-8, etc.

[14] Marcos 1, 15

[15] Juan 10, 10

[16] Mateo 12, 18

[17] Hechos de los apóstoles 10,38

[18] Para una exposición más amplia, me permito remitir al lector a mi libro: Id y curad. Madrid, PPC, 2004, en el capítulo 11: «La comunidad cristiana, fuente de salud integral: tareas y posibilidades» (197-226)

[19] Levítico 19, 2

[20] Lucas 6, 30;  la versión de Mateo 5, 48 se suele traducir con frecuencia «Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto». Sería más adecuado traducir: «Sed buenos del todo». David Flusser traducía así: «No pongáis límites a vuestra bondad pues la bondad de Dios no tiene límites».

[21] Mateo 20, 16

[22] Mateo 21, 31

[23] Lucas 10, 21

[24] K, Rahner, Cambio estructural de la Iglesia, Madrid, Cristiandad, 1974, 37-43 y 114-124

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